cabecero4

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sábado, 6 de julio de 2013

LA HISTORIA DE "ANACONDA COPPER COMPANY"


Contaré la historia del conflicto entre la empresa Anaconda Copper Company y los campesinos del estado de Montana.

La historia se encuadra en las Montañas Rocosas, donde empezaron a aparecer importantes yacimientos de cobre, sobre todo a partir de los años 80 del siglo XIX. El principal holding nacional que se instaló allí fue la Amalgamated Copper Company, que operaba en Montana a través de la Anaconda Copper Mining Company.

Por aquel entonces la purificación del metal se efectuaba al aire libre, lo cual maximizaba la contaminación atmosférica. Se acabó prohibiendo esta actividad en el interior de las ciudades. No es que existiera un amor por el planeta Tierra en aquel entonces, simplemente la gente empezaba a tener problemas respiratorios de manera generalizada. Y morían: en la ciudad de Butte (Principal ciudad surgida por el aumento de la actividad minera de la zona) sólo entre Enero y Marzo de 1891 se registraron 242 muertes por problemas respiratorios. Por si fuera poco, a finales de siglo la vegetación de los alrededores de la ciudad había desaparecido.
No todas las empresas aceptaron la prohibición. Algunas, como la Boston and Montana Company, dijeron que no había relación entre las enfermedades respiratorias y la emisión de gases. También utilizaron el argumento económico, alegando que se perderían empleos y habría empobrecimiento generalizado en las zonas mineras si se detenían las calcinaciones. Su lema era “No smoke, no wages for workingmen” (Si no hay humo, no hay salarios para los trabajadores). El ayuntamiento acabó llevándolos a los tribunales, y ganó.

Volvamos a la Anaconda Copper Company. Esta no operaba en la propia ciudad de Butte, sino que construyó, a 60 km de la misma, una fundición, la más grande y moderna del mundo. En torno a la misma se fue conformando poco a poco una ciudad, y en honor a la compañía se bautizó con el nombre de “Anaconda”.

El mismo año en que empezó a funcionar la fundición (1902), los granjeros de los alrededores empezaron a apreciar síntomas en vacas y caballos. Demandaron a la empresa. Incluso contrataron a dos químicos que confirmaron que la fuente del problema eran las emisiones de la fundición. La compañía lo reconoció, y repartió 330.000 $ entre los granjeros que tenían su ganado dentro de un radio de 7,5 km, que era la zona afectada por los humos.

Para evitarse más problemas, la empresa construyó chimeneas mucho más altas, de manera que los humos se dispersaran mejor. No funcionó. Los granjeros se volvieron a quejar. Y no sólo a 7,5 km a la redonda, esta vez hubo quejas a más de 20 km de la fundición. Queriendo atenuar el problema acabaron expandiéndolo. Se asociaron y fueron a juicio pidiendo a la empresa una indemnización de 1.175.000 $. 

Esta vez la empresa no cedió, y negó su culpabilidad. Contrató a expertos en el tema para que dijeran que no había conexión ninguna entre las emisiones y la mala salud del ganado. También “presionó” al juez para que resolviera el pleito a su favor. Y con buen resultado: al final Anaconda tuvo que pagar tan sólo 300 $ a uno de los cabecillas de la asociación de granjeros. Para chinchar un poco más, la compañía hizo una campaña en la prensa en contra de los granjeros, organizando incluso ferias de ganado mostrando la buena salud de las reses de la zona.

Los granjeros respondieron, ahora de otra manera. Llamaron al mismísimo presidente F. D. Roosevelt para que intercediera en su favor. Quisieron aprovechar que el presidente se reconocía a sí mismo como western man (algo así como “campechano”), y que daría razón a la gente del campo. La solución que dio fue que la compañía crease unas instalaciones que sirviesen para reutilizar los desechos químicos. Les salía por 3.000.000 $. Se negaron, comenzando así una dura batalla en los tribunales. Anaconda movilizó a los medios de comunicación y a otros conglomerados empresariales para que apoyaran su causa, provocando bastante revuelo. Por si fuera poco, acabaron comprando a L. Johnson, el abogado del estado que los había encarado en los tribunales. Todo esto tuvo como resultado una resolución ridícula: se crearía una comisión para resolver el problema, siendo todos sus participantes miembros de la empresa. Hicieron falta muchos años para que Anaconda decidiera empezar a tratar los humos antes de expulsarlos.

Como puede verse, la actitud de la Anaconda Copper Company hace que sirva como ejemplo real de “empresa maligna”. Sólo el nombre que se puso a sí misma sugiere que no les importaba mucho parecerlo. Compró el poder político, el poder judicial y los medios de comunicación sólo por seguir con su jugosa actividad metalífera. Como decía Jafar, quien tiene el oro hace las reglas. Y esto no se limita a empresas malignas, es la norma general que rige el funcionamiento de nuestra realidad: en los papeles de Bárcenas aparecen las grandes constructoras que “fomentaron” que el gobierno diera facilidades para construir frenéticamente y alimentar toda la burbuja inmobiliaria que nos llevó al desastre. José Mª Aznar y Felipe González tuvieron sueldazos de Endesa y Gas Natural tras haberlas privatizado durante sus respectivos gobiernos. Cuando el gobierno republicano dio tierras a los campesinos expropiándoselas a los terratenientes, éstos se enfadaron mucho y apoyaron económicamente a Franco para que lo remediase…

Todos votamos y eso nos gusta, pero el poder real lo da la pasta. Así funciona el liberalismo económico. Como dijo Neil Young, “Keep on rockin` in the free World”:

http://www.youtube.com/watch?v=y9SMXkpowo0


Dedico la entrada (y obligo a escuchar la canción) a Alicia Castaño.